¿Mirar al pasado en lugar del futuro?

Esta cuarentena nos ha forzado a hacer una introspección a nuestros propios hogares. Una que va mucho más allá de la decoración o si nuestra casa se ve o no “bonita”. Estas semanas en las que la ocupación de los hogares es prácticamente al 100% del tiempo, nos han reafirmado a la gran mayoría lo mucho que dependemos de la tecnología. No nos referimos a la tecnología como nuestros celulares o redes sociales, sino más bien a la tecnología aplicada al hogar.

Si nos detenemos a pensar en lo que tecnología aplicada al hogar se refiere, probablemente pensemos en casas “inteligentes” que cuenten con sistemas de automatización de seguridad, confort, energía y/o comunicaciones que podamos concentrar y manejar desde una app en nuestro celular. Sin embargo, deberíamos también pensar en aparatos tan cotidianos hoy en día, que prácticamente podrían pasar desapercibidos. Un aire acondicionado, muy elemental en estas épocas de calor; una bomba hidráulica, lavadoras, secadoras, etc.

Si bien todos estos avances tecnológicos han venido a favorecer y simplificar nuestra vida, también es cierto que elevan nuestro consumo de energía eléctrica y, por ende, las emisiones de dióxido de carbono, uno de los principales gases del efecto invernadero que tanto daña nuestra atmósfera.

El Inventario Nacional de Emisiones de Gases y Compuestos de Efecto Invernadero, elaborado por el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, muestra que, en 2015, México emitió un total de 683 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO2e) de gases efecto invernadero (GEI). De esa totalidad de emisiones, el 71% corresponde a dióxido de carbono.

Resulta impactante la comparación entre esta cifra y la arrojada en 1990, la cual expone que las emisiones de GEI en México fueron de 445 millones de toneladas de CO2e, demostrando así que entre 1990 y 2015 las emisiones aumentaron en un 54%.

A nivel regional, los esfuerzos para la evaluación de datos toman como punto de partida el Inventario de Emisiones de Gases Efecto Invernadero del Estado de Yucatán, realizado en 2005, que posiciona el total de emisiones de GEI por sobre los 10 millones de toneladas de CO2e, siendo el dióxido de carbono el principal gas emitido con un 76.28%.

¿Cómo se relacionan estos datos con nuestro consumo en el hogar? Ölander y Thøgersen (1995) establecen que los problemas ambientales son, en mayor o menor medida, causados por el actual estilo de vida y nuestros patrones de consumo. En respuesta a esto, surgen tecnologías que nos permiten contrarrestar nuestro consumo energético y las emisiones de CO2. Los paneles solares o turbinas eólicas son hoy en día de los principales generadores de energía limpia, que promueven la eficiencia en la conservación de nuestro medio ambiente. Pero, ¿por qué depender únicamente de ellos? ¿Pueden nuestros edificios evitar o disminuir la dependencia tecnológica?.

Imagen tomada de: freepik.es

La respuesta es sí. Y basta para esto un entendimiento de la arquitectura bioclimática. Dicha arquitectura es toda aquella que diseña y construye tomando en cuenta las condiciones climáticas de la región y aprovechando los recursos naturales disponibles para poder reducir el impacto ambiental generado. Así pues, tiene como objetivo principal cambiar el comportamiento de un edificio en respuesta a las condiciones climáticas. Dicho en otras palabras, basa sus principios en la importancia de proveer confort térmico y acústico al usuario al mismo tiempo que controla las emisiones de CO2.

La elección de los materiales se vuelve parte fundamental en este tipo de arquitectura, por lo mismo, debe pasar un análisis teniendo en cuenta su disposición inmediata, comportamiento y su ciclo completo de vida. Un análisis de la difusividad térmica de los materiales nos indicará la rapidez con la que estos se calientan dando paso a una selección correcta de los mismos.

Con tales principios, un edificio en nuestra región lograría prescindir del uso de aire acondicionado o ventilador mediante un correcto posicionamiento en el terreno y adecuada orientación de ventanas, siempre favoreciendo las aperturas hacia el norte para captar los vientos dominantes fríos y bloquear la entrada directa de sol sin afectar la iluminación natural. En fachadas donde la orientación es menos amable con la incidencia solar, se promueven ventanas verticales y colocadas en la cara interior del muro, evitando así sobrecalentamiento del interior; o parasoles verticales oblicuos a la fachada para regular la incidencia solar de acuerdo a la estación del año o incluso a la hora del día.

Como estas, hay muchas técnicas sencillas que podemos aplicar para hacer nuestros edificios bioclimáticos, y podemos mirar al pasado para descubrir técnicas milenarias que probable, y malamente, hemos dejado en desuso por confiarnos de los avances tecnológicos.

Muestra de lo anterior, en Yucatán se encuentra la Casa Maya, bioclimática por excelencia, que construida con materiales vegetales de la región y sin necesidad de ventiladores o aires acondicionados, bombas hidráulicas o paneles solares, brinda a sus ocupantes un espacio fresco durante los meses calurosos y cálido cuando así se requiere, dotada de agua potable y que permite la recolección de agua pluvial para reusar.

Todo esto no quiere decir que los edificios deban ser monótonos o sin diseño, ni que se deba elegir entre edificios bioclimáticos o la integración de tecnologías, muy por el contrario, con la consideración de ambos es posible que el 100% del consumo energético sea de generación propia (Edificio Energía Cero) o incluso generar más energía de la requerida (Edificio Energía Plus).

Un ejemplo de ello es la Universidad Anáhuac Mayab, quienes, preocupados y ocupados por nuestro medio ambiente, están trabajando en la concientización entre sus alumnos y el desarrollo de proyectos que combinen el bioclimatismo y energías limpias y resulten en edificios no solamente “bonitos”, sino que brinden calidad de vida tanto al usuario como a nuestro planeta.

Fuente: Diario de Yucatán

Imagen tomada de: freepik.es
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